
(A la memoria de Enrique Gorriarán y Walter Ferretti)
La cintura, la costa salvadoreña, casi como en un mapa gigantesco, corre hasta donde mis ojos ya no pueden seguir. Vuelo sobre la Bahía de Jiquilisco, muy cerca del Golfo de Fonseca y a tan solo treinta y cinco minutos de Managüa. Buena hora para llegar a almorzar.
Buñuel, siempre tan ocurrente. Tuvo que haber estado ebrio, o al menos tanto como lo estoy yo ahora, para lograr distinguir que cuando se viaja en un avión, la eternidad está siempre parada frente a uno, justo a diez centímetros de distancia. Es la misma sensación que produce observar un óleo colgado sobre un muro de concreto... tras esta ventanilla nada se mueve. Pobres renacentistas, murieron con la certeza de que la tierra en realidad giraba. ¡Allá ellos!
Managua, otra vez a Managua, que cosa... Ma-na-gua...Agua...Veinte años... hace veinte años ya. Agosto de 1984, noche de lluvia torrencial. Encubierta bajo la sombra de los reflectores antiaéreos la ciudad en penumbras. Aeropuerto Internacional Augusto César Sandino. Bellas mujeres enfundadas en sus uniformes verde olivo. Hangar para uso exclusivo del cuerpo diplomático. Un Lada negro y dos oficiales del Ministerio del Interior: directo hasta el lugar que habría de ser mi residencia durante los cinco años siguientes. Barrio de Las Sierritas a diez minutos del centro de la capital.
Lo que más recuerdo de aquella casa es el palo de mango. Había crecido en el patio trasero y todo el follaje descansaba sobre un techo de láminas. El viento hacía caer la fruta y en épocas de guerra esa lluvia de mangos siempre sonaba a ráfagas de bala sobre metal.
La Contra había llegado hasta los suburbios de Estelí, mis veintitrés años con pistola al cinto y un Kalashnikov entre las mano, se paseaban sobre los callejones estrechos de aquella ciudad sitiada. Corría, corría, corría. Corría para volver a correr... sólo para gritar frente a la casa de Violeta, de mi amada Violeta, para rugir y que oyera la Contra, para exigir lo que mi majestuoso porte merecía:
“¡Dios!.... ¡Dioooos!.... ¡Quítate el puto sombrero que voy pasando!.”
Una escena que bien hubiese podido incluir José Zorrilla en Don Juan Tenorio. Y arrancar, de paso, una lagrimita a los espadachines románticos del siglo XVII.
-“Señor, su Flor de Caña Doble... Sin Coca-cola y con dos hielos... como usted lo pidió”-.Yo creo que por eso estaba tan pinche loco... por la lluvia de frutas... la revolución siempre olió a lluvia de frutas. Tenía un aroma a mango, a café quizás.
-“Señor... ¡Señor!”..."¿Sí?, sí, sí dígame”. “Su Flor de Caña”. “Gracias, señorita. Señorita, disculpe, ¿cuánto tiempo falta para llegar?”. “Unos treinta minutos”. “Gracias”.
¡Mmm!, este ron sabe y huele a madera, a la caoba de todos los verdes árboles que hacen, desde aquí, las veces del extenso paño sobre la mesa de miss conchita. Desde aquí ¿Y desde allá?
En realidad ya bien me lo había dicho Don Juanito...
“Una cosa es verla de lejos... y otra platicar con ella”.
Eso fue en el ochenta y cinco u ¿ochenta y seis?... ya no recuerdo. Cuatro o cinco meses de caminar por estas mismas montañas, por la zona de Jalapa y Ocotal... En La Segovia. Pinches moscos, casi ladillas negras que perforaban hasta la lona del impermeable, mis entrañables botas búlgaras... tuve que arrancarlas con unas tijeras vietnamitas... el lodo como masa de nixtamal, el agua fría que mojaba la espalda, las figuras en los troncos secos, el ruido de las ramas que siempre se mecían, que siempre se mecían y que siempre gritaban aunque no las pisara, el verde de las hojas, el verde de las plantas, el verde de la ropa, el verde de las piedras, las plumas verdes de las aves, los ojos verdes de las moscas, el verde de las gotas de lluvia, el verde de los charcos, el verde de mis balas trazadoras, el verde de mis manos, de mis brazos, de mi cara, de mi pelo, el verde de todas las caras, de todas las manos, el verde del aire, el verde de mis pesadillas, de mis recuerdos. Hasta las cucarachas, los grillos, los gusanos y los escarabajos eran verdes, hasta las mochilas de mis compañeros, hasta las tortillas, la carne, mi bigote también era verdes, la culata de los fusiles, la mierda, los meados, hasta la sangre y las costras eran verdes, el humo del cigarro...
-“Señor…debe abrocharse el cinturón de seguridad, estamos en zona de turbulencias”, “muy bien, gracias”. Zona de turbulencias, me lleva la chingada...
- “Señorita, ¡Señoritaaa!...
¡Mierda! mi trago... en fin, hasta Managua. ¿Hotel? Hotel Intercontinental... ¿existirá todavía?... ¡Cosa más grande caballero!... El centro por excelencia del turismo Sandinista de primera clase: la rancia nobleza del populismo latinoamericano, la inteligentsi del Bloque Socialista y otras linduras más. No me gustaba frecuentarlo... no me gustaba pero lo hacía, lo hacía porque era la pasarela de los mejores bizcochos de la revolución. Una construcción piramidal, un mundo de personas conocidas y desconocidas, el mesero siempre servicial con la charola de hielos, el pichel con fresco de coyolito y la botella de ron, bocas de carne de puerco-gallopinto-vigorón y una mesa fresca junto a la picsina ovala. Descansaba de los largos meses en la montaña, disfrutaba de los olores más insignificantes, de los sabores más comunes, de los eventos más distantes, de las palabras... Disfrutaba del sonido de las palabras, de sus acomodos, de los arreglos del vocabulario en Nica, de su pasión y dominio por la sorpresa verbal: ritmo de balada lenta, pegajosa, estúpida, hasta pueril quizás...y un estribillo corto, salto de lengua, tifón del trópico, veneno de alacrán... el aristocrático, sofisticado arte de las emboscadas. Disfrutaba de las miradas, de los párpados con gotas de sudor, del baile en botas militares, de los ritmo de marcha, de sus cuerdas, percuciones, pianos, de las trompetas. Disfrutaba de las trompetas, de su magia pirotécnica... del aire de los tiempos, de la brisa del lago, de la locura, de la revolución, del frenesí...
-“¿Y deay mexicano?”, así me reconocía la gente a la que yo no conocía.
-“Andá, vení y tomáte un putazo de guaro con los de a píe”. Del saludo a la platica, de la platica a los mejores episodios, de los episodios a las secuencias cinematográficas, desde el cine a la representación teatral... y del teatro hasta el amanecer. El espejo oval de la piscina hacía astillas con la luz de los candiles y olas negras con los himnos de todas nuestras guerras... y olas negras con los himnos de todas nuestras guerras.
-¿Qué es lo que habrá pasado? ¿Qué es lo que se habrá roto?
No sé, yo jugaba muy bien en mi posición de extremo izquierdo. Dado que, con mi única excepción, todo el equipo se integraba por compañeros argentinos, la forma de tocar y mover el balón exigía llevar las cuentas de acuerdo con el compás del tango. Y vaya que lo había logrado interiorizar.
La tarde que enfrentamos a los cubanos fue la tarde del desastre. Yo había recobrado la pelota cerca de la media cancha, y avancé en diagonal hacia la portería contraria. “Pasála che, pasála. ¡Pasála che!”. Y yo la pasé justo hacia la zona que otorgaba todas las ventajas tácticas al oponente. Esa tarde perdimos un gol a cerro.
El Pelado, nuestro indomable capitán de equipo, llegó hasta mi con ojos increíblemente tristes:
-“¿Qué es lo que habrá pasado, che?, ¿Qué es lo que se habrá roto?”
-“¿Qué me decís Pelado?”, contesté
Me tomó entonces del hombro y me zarandeó varias veces.
-“¿Qué es lo que habrá pasado?, ¿Qué es lo que se habrá roto?”
-“No sé Pelado... no entiendo”, volví a contestar.
El zarandeo era más y más fuerte.
-“¿Qué es lo que habrá pasado?, ¿Qué es lo que se habrá roto?”. Más y más fuerte, más y más fuerte
-"¿Queeeeeé?, ¿Queeeeeé?... ¡Qué quieres carajo!"
- “Sí señor, ¿qué habrá pasado?”, el que pregunta es mi vecino de asiento.
- “¡De qué putas me esta hablando!”.
- “Del estruendo”
- “¿De qué estruendo?”
- “Del estruendo señor, del estruendo”.
Vuelvo la cabeza hacia la ventanilla y recibo el sol de frente.
- “No sé señor, ¡no sé!”, llora mi vecino.
- “No debe preocuparse, amigo”, le digo para tranquilizarlo. “Seguro nos vamos a estrellar…”

Y pienso que estoy ya demasiado ebrio para seguirle el paso… Y hablo, y pienso, y pienso, y pienso y aquella tarde espesa se aparece, y aquella tarde espesa también rueda, y se aparece, y rueda:
…Puse la bala de cabeza redonda y roja sobre la canaleta del magazín, oprimí el proyectil con el propósito de vencer la resistencia del muelle impulsor y deslizar la munición, después, hasta el fondo del riel. Tomé entonces el cargador por su porción más curva, lo incliné un poco para hacer coincidir los labios del porta tiros con los bordes metálicos del ‘pozo’ en la parte inferior del fusil y con un pequeño impulso, hice trabar los embragues. Corté cartucho, después dije algo o carraspee, levanté el pie, giré el tobillo. Con el rabo del ojo pasé inspección final a todos los nudos y cuerdas que me permitían mantenerme en pie sobre la rama de aquel árbol, es decir, en esa seiba inmensa y en su altísimo ramal que por más allá de treinta metros flotaba suspenso sobre el piso del bosque. Oradé con la punta y el talón de la bota sobre el tronco, y vi caer pedazos de corteza junto a orquídeas por entre el follaje de la selva, se precipitaban dando tumbos de un gajo a otro, de bejuco en bejuco, traspasaban las copas de los amates, de las caobas, para pegar con los helechos y rodar, al cabo de un instante, ligeras, cuesta abajo sobre la hojarasca. Traté de ajustar el compás de las piernas con tal de no perder el equilibrio por el efecto de las retrocargas, afiancé la culata sobre el hombro, deslicé con el pulgar el seguro hasta la posición “tiro-a-tiro”, sujeté entre la palma izquierda el guardamano de madera y con un rápido giro de brazo, dispuse el cañón en línea horizontal con la barbilla. Observé tras la mira, ajusté la distancia, la altura. Aspiré por la nariz todo el aire que pude, miré de nueva cuenta, volví a corregir, coloqué el índice sobre el gatillo y con la ligereza de quien toca la cuerda de un salterio, jalé de la palanca. El estruendo hizo crispar el dosel del bosque y embadurnar el cielo con el color de los tucanes, los papagayos, los faisanes y un quetzal... ‘Y un quetzal –¡puff!- con el pincel a rastras desde su larga cola’. Estrépito que se extendió, subió por entra las cañadas a la manera como cuando la flama de un dragón estalla al centro de un tapiz bengalí: lengua de mil tonos almagres con sus crestas, rizos de color violeta, índigo, bermellón... Y una línea de luz anaranjada, la línea de la bala trazadora de cabeza redondeada y roja, partió la tarde en dos.
¡Tufff-Tuffff!...El roce de los neumáticos sobre la pista me avisa que hemos llegado ya al aeropuerto de Managua. Tomo el equipaje de mano, hago los trámites aduanales correspondientes y re-defino mi ruta de viaje hacia