jueves, febrero 08, 2007

Orizaba

El Margen XLII
Foto: por cortesía de Judith Zubieta
Orizaba: Una Historia de Migrantes
Salvador Rivera
Para los amantes del turismo “alternativo” o para quienes “lo nacional” sigue siendo motivo de exaltación, fe, esperanza y, sobre todo, caridad, va una sugerencia de “plan” vacacional: si usted sale desde el Distrito Federal, tome, primero, carretera con dirección hacia la ciudad de Puebla, no se detenga, siga hasta el borde del Altiplano y descienda por entre los bosques húmedos de “Cumbres de Maltrata”. Pasará por Ciudad Mendoza. Llegará a Nogales y, poco después, a Orizaba. Pero antes de seguir, permítame advertirle que el recorrido que le propongo no se relaciona con el género de los Rallys, toda vez que ninguna recompensa material estará aguardando al final del camino, ni la sagacidad en la competencia le otorgará mayores posibilidades de éxito, ni menos aun podrá, por esta vía, obtener reconocimiento alguno por parte de sus patrones, no, operar bajo el principio de “beneficios máximos” aquí, mi amig@, no le servirá de nada. Desde luego, tampoco crea en mis indicaciones. Por el contrario, haga exactamente lo que le venga en gana, o mejor, dispóngase a percibirlo todo a partir de sus propios sentidos, todo, desde el primer momento hasta el último, sólo eso. ¿Ya?, muy bien, con esta nueva disposición el trayecto resultará mucho más entretenido, ¡seguro! ¿Qué tenemos entonces? De entrada, tres grandes tipos de asociaciones vegetales: en primer lugar, los bosques de pino, o lo que queda de ellos, en las estribaciones del volcán Popocatépetl. Posteriormente, ya sobre la Meseta Central, la vegetación característica del matorral espinoso, islotes conformados por gramíneas de rápido crecimiento y poblaciones de arbustos resistentes a la sequía, como el mezquite, por ejemplo.



Al final, entre las cañadas profundísimas, sobre las empinadas montañas en su caída hacia las llanuras del Golfo, los encinares junto a los bosques húmedos del trópico dominarán el paisaje. Por cierto, le confieso algo, las sensaciones que siempre han despertado en mí estos despeñaderos de “Cumbres de Maltrata” son, para decirlo de la forma menos afortunada: “in-des-crip-ti-bles”. Pero más, se trata de una suerte de “rebote germinal” que me lleva a distinguir, entre sueños, estas mismas montañas y sus cañadas desde un lugar distante, quizás desde el Golfo de México. Allá, muy lejos, veo cómo los farallones más altos de la sierra se levantan sobre los bordes curvos del océano... Pero volvamos a lo nuestro. Si es atento y observa por la ventanilla del lado izquierdo, podrá distinguir, además, la extraordinaria gama de tonalidades y formas del Pico de Orizaba, pero antes, las de La Malinche y, con mucha suerte y cielo despejado, hasta los contornos del Cofre de Perote ¡Magnífico! Sin embargo, ya quedaron atrás, como todo, ‘el paisaje se perderá en la bruma’, qué le vamos a hacer.



En fin, una vez en Orizaba deberá alojarse en algún hotel (los mejores están ubicados en las inmediaciones de la Catedral, el “Plaza Palacio” no está mal...290 pesos la noche). Descanse, pónganse cómodo, hasta un regaderazo... podría ser. Bien, ya está. Ahora cálcese un par de tenis, vístase con ropa holgada, resistente, una gorra con visera, un impermeable y listo. Dispóngase a caminar por un lapso aproximado de dos a tres horas. Salga, vamos, salga a la calle, respire hondo, perciba el vocabulario de los colores, el pulso vegetal sobre el “Cerro del Borrego”. Es un latido verde que resulta, por una parte, de la incidencia oblicua de la luz sobre el follaje, hacia adentro, como la sístole, y, por la otra, del ascenso de las hojas de encino empujadas por los vientos del Golfo, hacia fuera, como la diástole. Producto de la cadencia con que los árboles abanican la tibia niebla, hacia adentro, como la sístole, y el hecho, quizás, de estar erguido, el cerro, solo, como edificio “orgánico”, salido de una calle o de una esquina, hacia afuera, hacia arriba, como la diástole.


Que el Cerro del Borrego verde, pulsa, es un hecho, se lo aseguro. Que si pulsa de miedo o de felicidad o de abandono, eso ya no lo sé, la cuestión, repito, es que pulsa, tal cual, como un borrego verde, pulsa. Pero deje usted en paz al desdichado borreguito, después de todo siempre ha sido el mismo, pobre borreguito verde ¡Un sentimental!... Dicen las viejas chis-mochas con rebozo y escapulario, con las pantorrillas llenas de pelos negros, además... que el Cerro del Borrego siente de amor, que siente fuerte, todo por un malandrín, un canijo, un engreído que cree poderlas todas, dicen, y es que el borreguito pulsa fuerte, así: “pum-pum”, “pam-pam”, “pum-pum”, “pam-pam”, chaparrito y regordete pulsa el borreguito verde de puro (des)amor, pulsa por el amor de un barbaján, dicen, amor por un machazo, pulsa, loco, desenfrenado por el amor al chulo-rey, al gran padrote de todos los cerros y de todos los volcanes del Golfo, pulsa, el borreguito verde, dicen, por El Pico de Orizaba, ¡ah¡ ¡sí!, eso es lo que dicen las viejas requete mochas de Orizaba y yo nomás se lo paso al costo. En fin, sea lo que fuere, a pesar de todo y tanta exuberancia usted no deberá perder el paso, no, se trata de alcanzar las vías férreas a la altura del barrio “Modelo”, justo en la frontera que divide los municipios de Orizaba y Río Blanco. Ese es el objetivo principal, adelante pues.



Caminará frente al Gran Café Palacio “Traído desde Bélgica en tres barcos de vapor a través del océano en 1892... De estilo francés muy en boga en Nueva Orleans”, leerá usted mismo en la Guía turística de Orizaba, un folletín patrocinado por el Gobierno del Estado. Llegará, después, hasta el Parque Castillo y bajará por la calle Madero hasta la avenida Poniente 7. Una vez allí, doblará hacia la derecha (dirección poniente) y avanzará por espacio de ocho cuadras hasta llegar a la calle Sur 20. Cruce entonces la avenida y siga por la misma calle, es decir, por la Sur 20, camine una, dos, tres, cuatro, cinco cuadras más hasta alcanzar el cruce ferroviario. Muy bien, ahora ya está usted aquí, se trata de la colonia Modelo.



De cara al sur podrá distinguir, a su lado izquierdo, las instalaciones de la planta cervecera, "La Modelo" (incluye embotelladora y fabricación de envases de vidrio); poquito más allá, verá una de las secciones del viejo barrio obrero, originalmente construido con el propósito de dar alojamiento a los trabajadores de la empresa y, en esta misma dirección, pero algo más retirados, los restos de lo que algún día fuese la estación ferroviaria de Orizaba y que hoy funciona como lugar de carga y descarga para los trenes que llegan desde la frontera con Guatemala, el Istmo de Tehuantepec y la Península de Yucatán.



Ya entrados en gastos habría que decir que la estación de Orizaba ha sido operada, desde la privatización ferrocarrilera, por la empresa de transporte de carga Ferrosur, propiedad, hasta el 25 de noviembre del año 2005, de la empresa de inversiones Sinca Inbursa y del consorcio fabricante de cable Grupo Condumex, ambas pertenecientes al “Imperio Slim”. El 25 de noviembre del año 2005, el gigante minero Grupo México, a través de su subsidiaria Infraestructura y Transportes Ferroviarios (ITF), compró la totalidad de Ferrosur por un monto de 3,200 millones de pesos. A cambio de Ferrosur, las empresas de Slim recibieron el 25 por ciento de las acciones de Infraestructura y Transportes México (ITM), controladora de ITF, en una operación en la que no se desembolsó dinero en efectivo. Esta alianza permitió unificar las compañías ferroviarias Ferrosur y Ferromex, lo cual hizo posible establecer rutas continuas entre cuatro puertos del Pacífico y el Golfo, entre ellas la conexión de Coatzacoalcos con cinco ciudades fronterizas de Estados Unidos. Lo que a su vez ha permitido la integración del triángulo industrial México-Guadalajara-Monterrey, con la región del bajío y el corredor industrial del sureste de Coatzacoalcos (El Financiero, 26 de noviembre del 2005).




Y una cosita más, a la estación de Orizaba arriban la casi totalidad de las “cargas” que son transportadas, primero, por el ferrocarril Chiapas-Mayab, desde Ciudad Hidalgo, en la frontera con Guatemala, hasta Ixtepec, en el estado de Oaxaca, después, por la Compañía Transístmica, desde Ixtepec hasta Medias Aguas, en el estado de Veracruz y, al final, por Ferrosur, desde Medias Aguas hasta la propia estación de Orizaba. La empresa Chiapas-Mayab es propiedad del consorcio estadounidense Genesse & Wyoming con propiedad sobre el 99% del capital social. Dicha empresa es la única del ramo que opera en México beneficiada con préstamos del Banco Mundial, al tiempo que se especializa en el transporte de minerales, petróleo y sus derivados, graneles agrícolas y forestales (granos básicos, pulpa, celulosa, madera, frutas, etcétera), y productos de la industria maquiladora. Genesse & Wyoming es una empresa líder en la operación de líneas cortas, que entre 1982 y 1997 adquirió la propiedad de 18 compañías de ferrocarriles en Estados Unidos y Canadá (en la región de los Grandes Lagos y el río Mississippi), así como en Australia. A las cuales se suman las otras tres líneas que adquiere posteriormente cuando se expande hacia Bolivia, el sureste y el norte de México (en la región minera entre Coahuila y Durango). La zona de influencia de esta línea ferroviaria son los campos petroleros de Tabasco, Campeche y Chiapas, las regiones agroexportadoras de la costa del pacífico del istmo y Chiapas, entre ellas el Soconusco, así como las zonas agrícolas de tabasco, Campeche y Yucatán. En su cartera de clientes de alto rango aparece, en primerísimo puesto, la mega-empresa paraestatal Petróleos Mexicanos (Revista Fortuna. http://www.revistafortuna.com.mx; Ma. Antonieta Zárate Toledo, Las propuestas recientes para el desarrollo del Istmo de Tehuantepec.).



Y ya por último, sólo permítaseme advertirle una cosa importante: podría ser que a partir de tanto dinero involucrado, tantos nombres de compañías y corporativos multinacionales interesados en el ramo, así como la participación directa de uno de los más destacados jerarcas del capitalismo global (un hombre muy caritativo y bondadoso, a juicio del Presidente Legítimo) usted, cándidamente, se haya construido una representación de la estación Orizaba muy a la manera de las gare parisinas. No es el caso, la estación, en ruinas, se encuentra ocupada permanentemente por la(s) policía(s) (municipal, estatal y federales), por lo que, para acceder a ella, deberá identificarse y justificar “plenamente” los motivos de su visita. Es decir, el criterio de inversión en el ramo ferroviario mexicano, parecería estar diseñado a partir de un principio básico de exclusión, a saber: garantizar beneficios máximos a través, por una parte, de la libre movilidad de mercancías, al tiempo de regular, puntualmente, el flujo o desplazamiento de las personas. Curioso, el mismo criterio de exclusividad que rige a lo largo de toda la frontera México-Estadounidense así como en la cuenca del Mar Mediterráneo... ¡Ey! patriotas Anti-Muros ¡Aquí tenemos un Muro Patrio!

Pero regresemos al cruce entre la calle Sur 20 y la líneas Ferroviarias. Hacia el lado derecho, decía, las vías se pierden entre las montañas en dirección al Altiplano, van subiendo con su destino puesto en Puebla, en Apizaco o en la Ciudad de México. Justo sobre el cruce se levanta un puente peatonal pintado de color amarillo y una caseta de “vigilancia” hecha de pedazos de madera con láminas de cartón; más allá, vacíos, oxidados, cuarenta vagones se extienden sobre el riel de acotamiento por algo más de seiscientos metros.



Bajo sus ruedas, éstas sí brillantes y lustrosas como navajas suizas, se apilan montículos incontables de basura: envases de refresco, anforitas de mezcal, pedazos de ropa, latas de frijoles, de sardinas, de chiles, “Del Monte”, bolsas plásticas, papeles, excrementos humanos, plumas, picos, patitas de palomas y otros restos... de fogatas, algunas todavía humeantes, otras, que ardieron alguna vez. Por el borde del terraplén corre un arroyo, raro, de aguas cristalinas, frías, tan pobres como los vecinos que han adornado sus riberas con “banquitas” de hojalata, palmeras plásticas atadas con tiras de papel celofán y columpios hechos con llantas de camión. Tal vez durante las mañanas calurosas del verano, este insignificante riachuelo se transforme en un mar, en un recodo del Caribe y el desnutrido jovenzuelo que despacha en la tienda, vestido con una trusa anaranjada más tres o cuatro plumas ‘de color azul pastel’, salga a recorrer las playas, “convertido”, digno, con la barbilla en dirección al cielo, “a recoger arena ¡chico!", a seducir en un descuido a los paseantes, así, a la manera de las locas de La Habana: quebrando la cadera, abanicando, pues, echao pa lante el majo...Tal vez, puritanos, sólo tal vez.



Hay, sobre las vías, un tumulto de muchachos que conversan en cuclillas, algunos están sentados. Se trata de un grupo de entre 10 y 12 hombres, más dos o tres mujeres, adolescentes tod@s, cuatro o cinco niños de 10 a 12 años y un hombre cuarentón junto a la única mujer “madura”. Un total de 20 personas que conversan sobre las vías, una imagen rota, como panzona o chipotuda, o mejor, algo que a primera vista “salta” como un evento extraño: 20 personas que conversan sobre las vías, hágame usted el extrañísimo favor. “Son los migrantes”, le informará cualquiera, “están esperando que el tren salga de la estación para engancharse”, le volverá a decir cualquiera, “no hacen nada, son buenos muchachos”, así le dirá el señor cualquiera.

Aproxímese, vamos, se dará cuenta ahora de que no sólo no son capaces de establecer el “límite mínimo de seguridad” exigido por el instinto de supervivencia en grupo, sino que, incluso, ceden sin oposición el espacio que, al menos en teoría, debería ser irrenunciable bajo cualquier tipo de circunstancia, el lugar del ser, el del aquí y ahora. Su actitud es, por decirlo a la manera nicaragüense, semejante al de “gallinas compradas”, como si estuviesen muertos...de terror o por el efecto persistente del acoso.



La mayoría son de origen hondureño, hay también guatemaltecos, salvadoreños, nicaragüenses y mexicanos, éstos, en su totalidad, provenientes del estado de Chiapas. Dos de entre todos ellos se acercarán a usted con la intención de averiguar el motivo de su presencia, nacionalidad, su lugar de partida, el destino del viaje, aceptarán sin sospecha el contenido de sus respuestas, lo invitarán a compartir con el resto del grupo y usted recordará, en ese mismo instante, la estampa de un pirata del lejano Uruguay, salteador de caminos, transgresor de fronteras, también, un bucanero tuerto de nombre Zitarrosa con estrella en el hombro, una flor entre dientes, la otra, prendida del ojal:

“Yo no canto por vos
Te canta la zam
ba
Y dice al cantar: ‘no te puedo olvidar, no te puedo olvidar’

Y dice al cantar: ‘no te puedo olvidar, no te puedo olvidar’

Yo no canto por vos
Te canta la zamba
Y cantando así, canta para mí, canta para mí

Y cantando así, canta para mí, canta para mí...”



Humildemente los muchachos le dirán que son gentes de campo, que ya no podían soportar más la situación en Honduras o en El Salvador o en Guatemala y que juntaron algo de dinero para, en tropel, dirigirse hasta Ciudad Hidalgo, todo con el propósito de subirse a un tren y viajar hacia los Estados Unidos. Pero que a su llegada a la frontera con México no encontraron trenes, ni vagones, ni locomotoras, ni vías férreas, ni nada, porque un huracán maldito había hecho volar hasta los pericos, con los cotorros, con los cocodrilos y que debieron, entonces, de tomar camino por entre los calurosos montes y veredas del Soconusco. Que hubieron de pasar quien sabe cuantos días además de sus noches, hasta al final llegar a la estación de Arriaga.



Que durante este largo peregrinar fueron pasando, sus magros ahorros, hacia las arcas de las diferentes corporaciones policíacas: Federal de Caminos, Federal Preventiva, Federal de Investigaciones, Federal Antinarcóticos, Judicial Federal, de Aduanas, las policías estatales y hasta las mosqueadas policías municipales. Que el “traslado” de recursos no se limitó a la expropiación de sus pertenencias personales, es decir, al monto de dinero que ellos mismos portaban dentro de sus bolsillos. No, que la policía los mantuvo, además, secuestrados durante varios días, tiempo en que se les interrogó y torturó con el único propósito de obtener todos y cada uno de los teléfonos de sus familiares residentes en el extranjero y exigir, después, rescates entre los 3,000 y los 2,500 dólares, excepto, claro está, cuando se trataba de “damitas”, porque ahí, el “pago” se arreglaba de “otra forma”.



Que ya en Arriaga tuvieron que juntar una “vaquita” para pagarle al conductor del tren y que la tal “vaquita” no era otra cosa sino que el monto de dinero negociado a partir del número total de “pasajeros”, pero que de no cubrir con el importe de la “tarifa mínima”, el conductor sólo paraba el tren en un sitio previamente acordado con las autoridades federales y otra vez, todos los indocumentados pasaban a manos de la policía. Que el máximo riesgo al que habían estado expuestos consistía en no contar con el dinero suficiente para “cubrir” con los “pagos de tránsito”, dado que ello, en muchas ocasiones, podía significar la muerte. Que muchos de los “ilegales” capturados dentro de territorio mexicano por las policías locales y federales eran entregados (vendidos) para ser utilizados como esclavos en las grandes plantaciones bananeras ubicadas, principalmente, entre la Ciudad de Tapachula y Puerto Madero. Y, finalmente, que la base principal de la industria policíaca dirigida al secuestro, la extorsión, venta de esclavos, violación, etc., se encuentra localizada en la región del Soconusco en el estado de Chiapas y que los cadáveres de las incontables víctimas, obra, naturalmente, de la policía mexicana, descansan, hoy, bajo los rojos suelos bananeros del Soconusco, muchos de estos suelos, por cierto, de alto potencial exportador.

Después le hablarán de los accidentes, de “la degollada”, del “pata de palo”, del ”sinaloa”, de los golpes, del servicio terapéutico y de prótesis que el DIF ha prestado a los inmigrantes mutilados. De las “otras funciones” del DIF vinculadas con la identificación y entrega de inmigrantes a la Policía Migratoria, de los abortos por falta de atención médica, de los muertos y de las muertas por carencia de medicamentos. Pero también le hablarán del frío, de la lluvia, de lo difícil que resulta viajar de pie durante trayectos tan largos, del sueño, del peligro de dormirse en el camino sin estar amarrado y del otro sueño, del americano, de sus gloriosas expectativas al llegar a California, a Texas, a Colorado, a Nuevo México. Ah, y por supuesto, le hablarán también del hambre. Le platicarán entonces de la solidaridad que han recibido por parte de la gente más humilde, de las bolsas de comida y agua que la población les arroja a lo largo del camino, de la protección que les han brindado algunos templos católicos, de la parroquia de la Auxiliadora y del Padre Salomón. Le sugerirán, incluso, que vaya usted a verlo porque el tren no tardará en salir de la estación y ellos, los 20, deberán de estar listos para abordarlo. Y sí, efectivamente, muy pronto aparecerá la locomotora, avanzará lenta, muy lentamente, aunque con un inconveniente grave, muy grave: los primeros vagones siempre resultarán los peores ya que nunca reservan espacio para “viajar”, los mejores vendrán atrás, pero con la dificultad de que cuando éstos pasan frente al punto de abordaje, su velocidad será considerablemente mayor, entonces habrá que correr paralelamente al tren sobre un camino empedrado y al lado de las inmensas ruedas de metal, plateadas, brillantes, filosas como guillotinas. Habrá que correr hasta igualar velocidades con el ferrocarril y sujetarse, firme, de alguna escalinata, de alguna barandilla, de algún tubo cualquiera. En la otra mano deberán ir la ropa, las botellas de agua, la bolsa de comida y unos guantes de lana que usted les regaló. Habrá que correr. Parecerán las ruedas una jauría de perros, saldrán desde sus rieles, perseguirán la presa, le buscarán las corvas, le arrojarán al suelo, le cortaran los piernas, los brazos, le comerán la cara, para al final llevarla por debajo del tren. Habrá que correr, correr, cuando las ruedas salgan a comer. Habrá que volar, volar, cuando las ruedas salgan a cortar. Correr, correr, si las ruedas salen a comer. Volar, volar, si las ruedas salen a cortar. Habrá que correr, volar, pero también pensar y, al final, saltaaaaar, boing, alto, muy alto, al lugar de la luz, al centro de la vía, pero de la Vía Láctea, a su estrella mayor, resplandeciente, a Nueva York, a California ¡Saltar!... Ya sobre el tren habrá gritos de júbilo: “¡Hiiiiijo e Puuuuuta!”, “¡Hijo e Puuuuuta!”, “¡Hijó e Puuuuta!”. Como una despedida le mostrarán los guantes, arriba, en el aire...Hasta nunca, o mejor, y esto lo digo yo, ¡Hasta la Victoria!

5 comentarios:

Oscar dijo...

Mi estimado, gracias por excelente artículo. Solo quisiera puntualizar que la cervecería que opera en Orizaba no es la "Modelo", sino la Cuauhtemoc-Moctezuma, llamada en un inicio "Moctezuma" y fusionada alrededor de 1983 con la Cuauhtemoc de Monterrey.

Dicho esto, de nuevo te agradezco tu reportaje.

Oscar

Eliesheva dijo...

Plasmaste con gran realismo y de una manera amena, haciendo casi disfrutable algo tan dramático como es el paso de los indocumentados por la colonia Modelo. Te felicito, pero difiero contigo en lo de la actitud miedosa, como de 'gallinas compradas'; yo estuve allá y más bien percibí la inquebrantable fe y esperanza con la que viajan en busca de 'una vida mejor'.

Anónimo dijo...

eliesheva: pues gracias por el comentario. Creo que apuntas un asunto que para mi resultó ser muy importante. Tanto que cuando lo escribí, dudé acerca de si lo expresaba de esa forma, o lo redactaba de otra manera. Al fina, resolvía ponerlo tal y como aparece en el texto ¿Por qué? Bueno, pues en primer lugar porque así lo percibí. Quizás debido a mi cara de tira, el asunto es que cuando llegué hasta ellos nomás se hicieron así: chiquitos-chiquitos, y fue justo en ese momento que me acordé de aquellas expresión nicaragüense: "como gallinas compradas". No sé, tal vez en otra circunstancia, en otro lugar ellos puedan , y de hecho lo hacen, comportarse de manera distinta, pero ahí, sobre las vías del tren, a unos minutos de abordar el ferrocarril, y en el máximo grado de tensión posible la actitud que ellos demostraron ante mí, fue esa. Resulta, por lo demás, perfectamente comprensible. Si el migrante tiene la desgracia de toparse con la(s) policía(s) mexicana(s), saben muy bien que deberán pagar (dinero, cuerpo o especie), y ante esa terrible posibilidad pues lo mejor es optar por la variante del low-prifile.

EL MARGEN.

Mauricio R. Vidal dijo...

Saludos, soy Orizabeño y encontrè muy bueno el artìculo, solo algunos detalles como el de la modelo y cosas asì, felicidades.

los corporativos dijo...

soy de potrero nuevo Ver.yo estube en puebla orizaba cordoba y veracruz experimente igual que ellos y e llegado a concluir que es un fenomeno social sin presedentes por consecuencias de las politicas publicas de los gobiernos locales estatales y el federal esto no pasaria por error de ellos.soy totalmente ferroaficionado:exelente.